lunes, 19 de marzo de 2018

Reseña de "LA SEMILLA DEL ÓXIDO", por José Manuel Soriano Degracia

Esta reseña de "La semilla del óxido" fue el texto que José Manuel Soriano Degracia leyó durante la presentación del libro en Zaragoza, en la librería Antígona, el sábado 17 de marzo de 2018.

"Conocí a José Luis hace 10 años, en Sant Andreu de la Barça por culpa de un limón.
Poeta de alma portuguesa afincado en Barcelona, es el hombre más disciplinado para escribir que jamás he conocido.  El poeta más prolífico en obtener galardones, en publicar libros.

En mi casa tengo una balda solo con su colección. Siempre digo que si a los autores nos quemaran junto a nuestros libros, a José Luis le harían una pila que tardaría una semana para terminar de arder.
El hombre que nunca dice escribir, sincero y honrado. El día que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017 no creo que hubiera nadie que no le alegrara la noticia porque José Luis es una persona muy querida y apreciable. Un logro merecidísimo.

La semilla del óxido es un mapa de soledades, de huellas, de memoria, una necesidad de escribir, un reloj que marca al tiempo como objeto y al presente tan solo como el que mira tras la ventana.
Se divide en 6 partes, todas ellas escritas con un sentido conjunto, con varios hilos conductores: la existencia, el transcurrir del tiempo, el proceso creativo y la irremediable muerte. Habitual en su obra es la maestría en el empleo de excelentes imágenes. Su poesía es un álbum de fotos. Llama la atención el uso continuado de palabras como, memoria, sombras, huellas, camino, mar,  muerte, sal, olvido, hielo, fracaso, poesía, que crean una atmósfera especial al libro.
 
(José Luis García Herrera y José Manuel Soriano Degracia)
 

En la primera parte, MEMORIAL DE VOCES PLANAS José Luis nos hace una declaración de intenciones, surcando entre versos un sencillo autorretrato, su acta de fe y un respetuoso homenaje a la escritura y los libros, donde yacen los cronistas del óxido del otro lado del tiempo.

Deja muestras de su estilo propio, reconocido por su nostalgia, por ese tono de quien escribe para no marchar, para no olvidar. Con ese tono de rabia contenida que le lleva a conocerse a sí mismo desde la más absoluta soledad.

Las palabras, nos dice, serán la sombra de lo que fui.
 
En LA VOZ DEL OTRO José Luis bifurca su identidad entre su yo poeta y su yo persona y los separa para darnos la perspectiva de que quien habla es un desconocido al que a veces no reconoce.

Nos pone sobre la mesa el fracaso y el legado, el error, como si la vida tuviera deudas pendientes con el poeta.  Enfadado a veces, culpable,  por la sensación de haber perdido el tiempo buscándose, regresando sin memoria y sin identidad, sintiéndose ignorado, imitando al olvido.
 
Y tras cerrar la puerta, sabe que la vida tomará la palabra.

Esa misma vida, comenta José Luis, que no es un refugio.

La tercera parte HUELLAS SOBRE EL AGUA es el camino que hay en el libro, un camino que llega y te elige y el cuál tú recorres a ciegas, dejándote llevar, percibiendo que el tiempo será quien borre el peso de las huellas y que solo tú huirás para estar, cada vez, más cerca.
 
Y es en ese trayecto donde, desde la memoria, "Escribo el tiempo con palabras de agua, cuando carezco de voz y la luz se detiene sobre mí y me entrega hilos de sombra que no recuerdo. Escribo en tinta la memoria de nuestro paso."

Poemas como Voz en la tierra y GameOver son claros ejemplos, a los que quiero añadir los magníficos versos del poema Funámbulo de la noche donde el guiño al lector es la verdadera raíz de este tercer apartado del libro.

Los hombres que huyeron con mi nombre
confían en mis palabras de fuego, en mi voz
que rompe en dos
las piedras del silencio.


(Portada de La semilla del óxido)

En MEMORIA DE LAS HERIDAS llega el turno de las sombras. Nos habla de un tiempo que le persigue, invisible, que le alcanza y le tortura. De volver a tomar perspectiva desde una distancia metafórica para aprenderse y tratar de regresar a un lugar donde nadie le espera. 

Reflexiona sobre un pasado lleno de errores donde las sombras le inquietan y le atan.

Curiosamente, es un poema titulado D.N.I. donde parece liberarse aludiendo a una identidad que está por encima de números y de nombres, algo a lo que nos dijo Jesús Jiménez al utilizar la palabra como asa de las cosas en aquel memorable poema. Cabe destacar esa sensación de que los poemas parezcan un apéndice del autor.
 
LOS PASOS DESANDADOS (Peralba de Trescastros) es la quinta parte del libro y, sin lugar a dudas, mi favorita. Formada por poemas escritos en prosa poética salpican imágenes que te agarran en su lectura. Son poemas vivos, que te golpean, que te hacen pensar, releer, retroceder, sentir, que es, al fin y al cavo, el propósito de toda poesía, de todo poeta de verdad que escribe desde la verdad y el sentimiento. 

Herencias de papel, cristales rotos.

Animal de costumbres es ese tipo de poema al que me refería.  El autor nos habla de la costumbre de los pájaros, incapaces de llorar en las despedidas y para los que todo viaje es siempre un regreso. Un poema que me gustaría que leyese.

En Las fotografías, el autor nos dice que, velan el alma de los muertos,o versos como en el poema Carbón: El llanto negro de la niña ciega me persigue.
No hay descanso para la soledad, por eso sigo aquí.


En el último capítulo del libro, HUELLA SOBRE EL HIELO ROJO, tras hacer un homenaje a Alejandro Céspedes, nos conduce a la muerte, al vacío, vagando por algún poema (Irrealidad), donde José Luis trabaja un surrealismo poco abarcado en su obra y donde se le ve cómodo.

Vuelve a la idea de no reconocerse, al miedo, al olvido, utilizando de forma magistral la forma del hielo una y otra vez a lo largo de todo el libro.

La vida nos divide en luz y sombra.  La muerte nos halla mudos.

 
La semilla del óxido es el testimonio veraz de alguien que cree, vive y disfruta de su oficio.

 
COLLAGE HECHO CON VERSOS DE DISTINTOS POEMAS 

Como quien busca en librerías de viejo la cartografía de la soledad

en tardes donde la piedra llora a golpes la lluvia
y el viento esculpe la muerte entre las grietas.
 
Como el náufrago que cruza la vida buscando al hombre que no ve,

mientras construye su propia derrota
en los versos donde aprendió entre sombras a coser sus propias heridas.

Como quien mira hacia la calle para mirar el interior del vacío
y descubre en el espejo a alguien que le observa con otros ojos.
 
Como el que busca su otro yo antes de ser alcanzado por el tiempo
poema tras poema, huella tras huella, palabra tras palabra.
 
Como aquellos que ya no poseen nombre que pueda recordarles.
Como los que viven en su propio silencio…

Todos somos del mismo lugar y de ninguna parte.
Todos somos nadie que antes
ya fue nadie.


lunes, 26 de febrero de 2018

Reseña de "LA SEMILLA DEL ÓXIDO", por Carlos Alcorta

 
JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA. LA SEMILLA DEL ÓXIDO. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ-COMUNIDAD VALENCIANA, 2017. EDITORIAL DEVENIR
 
Hay en La semilla del óxido una persistente indagación sobre la identidad y sobre la función que ejerce el lenguaje en la construcción de dicha identidad, y hablo de persistencia porque, a veces de manera explícita y otras de forma más solapada, ese conflicto está presente en todos los poemas del libro y, sin embargo, José Luis García Herrera (Esplugues de Llobregat, 1964) ha conseguido ofrecer una multiplicidad de puntos de vista que en ningún momento resultan monótonos, algo que no resulta fácil conseguir en un libro de la solidez de La semilla del óxido.
 
La semilla del óxido
 
     Ya en «Acta de fe», el primer poema de la primera de las seis secciones en las que está dividido el volumen, García Herrera declara sus intenciones, reconoce sus límites, da cuenta de las fidelidades que sustentan una vida, la suya: «deudor / de un amor de mujer que no merezco, / afortunado aprendiz de poeta / que halló felicidad haciendo lo que más quería: / amar, ser amado y escribir». Esta humildad que, a veces, roza el menosprecio personal, recorre en sigilo el libro. La conciencia de la fugacidad de la existencia conduce al poeta a una especie de resignación cercana al nihilismo, como reflejan, por ejemplo, estos versos del poema «Voz en la tierra»: «Y al final nada somos. / Sólo firme voluntad férrea / por reafirmar en tinta la memoria de nuestro paso» o los últimos versos del poema que cierra el libro, «Tiempo de partir»: «Un hombre sustituye a otro hombre / en la cordillera del viento, en la esquina / donde el agua borra las fracturas de una patria / y nada escapa del óxido mortal de sus ruinas». Pero en el transcurso del primer poema al último hay espacio para meditar en profundidad sobre el devenir existencial y García Herrera, consciente como es de lo que le aguarda, lo hace, sin embargo, sin patetismo, antes al contrario, hay en sus versos la poderosa constatación del gozo de vivir incluso en el dolor, aunque no sea capaz —nadie lo es del todo— de trasmitirlo de forma fidedigna, acaso porque «Escribir —en cierto modo, / es esa necesidad de acercarnos al dolor— abre heridas invisibles / que intentamos cerrar con esas palabras / que jamás dan la exacta medida / de lo que deseamos expresar». García Herrera entiende la escritura como salvación (esto no significa que algunas veces se cuestione si esa salvación es solo una forma de autoengaño: «Pero las palabras no me salvarán. Nada me salvará»), como cauterio contra las heridas del tiempo y da sobradas muestras de esa confianza en el poder salvífico y redentor de la palabra, aunque él conoce de primera mano cuánto tiene de artimaña este convencimiento, lo que produce una admiración sin resquicios en este lector: «Escribir frente a ti y contra el olvido. / Escribo contra el olvido para vivir en ti / las horas del ayer que hoy me ofreces / con la lucidez de tu corazón y su memoria». Un epígrafe de Luis Cernuda —bajo su sombra se cobija la poesía de José Luis García Herrera— encabeza la segunda sección, más centrada ahora en ese conflicto identitario del que hablamos más arriba, aunque la vinculación entre vida y poesía siga tutelando sus reflexiones: «En el naufragio me sujeté al mástil roto de la poesía. / Di a la vida aquello que la muerte me reclama. / Para aquel que no fui / ya no quedan voces que invoquen a la esperanza».
 
José Luis García Herrera
 
     Subyace en esa fe en la palabra un deseo no oculto de trascendencia de permanencia, de eternidad si se quiere, que va más allá de la memoria de los seres queridos o del registro civil, porque el óxido, la herrumbre, la muerte acechan como perros hambrientos. Nunca sabemos cuán próxima está la mordedura y García Herrera, para conjurar el maleficio de la espera, confía toda su experiencia en la escritura, un oficio de tinieblas y soledad, «Por eso —escribe— me refugio en la oscuridad y pretendo ser invisible frente a las flechas de la luz. Enfermo de silencio me acurruco bajo la ventana de la memoria, me alimento con el óxido de las palabras que acumulo tras los ojos y grito en un océano de papeles rotos».
     No hay en este indagación autobiográfica discursos grandilocuentes ni están trufadas las continuas especulaciones sobre el lenguaje de consideraciones metalingüísticas. El discurso de José Luis García Herrera —autor de una sólida trayectoria— es, quizá de forma más contundente que en sus libros anteriores, firme y directo, aunque el permanente ir venir de un lugar a otro de la conciencia produzca un remolino del que el lector, a veces, se ve incapaz de salir, Esos merodeos son consustanciales al hombre que se interroga sobre su lugar en el mundo, al hombre que duda, al hombre que piensa. Por otra parte, tanto en verso como en prosa la factura de los poemas es exquisita, lo que hace de La semilla del óxido un libro altamente recomendable.

miércoles, 7 de febrero de 2018

LA SEMILLA DEL ÓXIDO, de José Luis García Herrera: vida, tiempo y palabra contra el olvido

Con sumo placer y gratitud copio en mi blog las precisas palabras que, sobre mi libro La semilla del óxido" ha escrito el poeta y profesor Santiago López Navia y que aparecieron publicadas el pasado 31 de enero en el blog de La Discreta (Náufragos en tiempos ágrafos). Palabras que fueron escritas para la presentación de mi libro en la Librería La sombra, de Madrid.

Por Santiago López Navia

Con La semilla del óxido (Madrid, Devenir, 2017), poemario galardonado con el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017, José Luis García Herrera (Barcelona, 1964), añade una nueva y admirable obra a una producción poética fecunda y muy reconocida en el ámbito nacional e internacional.
 
El poemario se debate entre varias vetas temáticas, empezando por la experiencia vital. El programa de vida del poeta, aparentemente sencillo pero ambicioso en realidad (“amar, ser amado y escribir”), se enuncia desde el primer momento en Acta de fe”. La vida es una búsqueda permanente y siempre insatisfecha (“En la cruz del silencio”), marcada a veces por la desazón y el desengaño (“Tiempo de óxido”), a veces por las incertidumbres (“Funámbulo de la noche”) y a veces por los dolores de la existencia (“Existencia”) y la herida del vacío (“Fui”), que puede explicar la necesidad de la reivindicación identitaria (“D.N.I.”). El poeta comparte con el lector una poesía sentida, empática, conmovida y no solo conmovedora, que late entre otros poemas en “Accidente” y en la sección “Huellas sobre el agua”, de especial intensidad y hondura.
 
Una segunda veta temática gira en torno al paso del tiempo, en la que García Herrera se suma a una tradición tan larga y viva como la creación poética misma, y en la que son evidentes la dialéctica entre lo perentorio y lo permanente (“Escrito sobre el hielo”), el constante movimiento de la vida (“Nómadas”) y la percepción dolorida del transcurrir de los años (“Palabras de agua” y “Herencia de hielo”), simbolizado por la presencia recurrente del óxido, especialmente intensa en “Páramos gélidos”.
 


Destaco también entre los temas preferentes del poemario una poderosa reflexión metaliteraria que alcanza tanto a la lectura como a la escritura. El poeta presenta el acto de leer cono un rito vivificado y vivificante (“Antiguo ritual”) en el que declara las deudas que ha contraído con sus libros (“Los libros”). En cuanto al acto de escribir, la escritura poética hiere y cura al tiempo (“El cristal de la memoria” y “La herida abierta”) y no siempre se ajusta con precisión al sentimiento (“El cristal de la memoria”), como bien sufrimos quienes vivimos en este oficio. El proceso de la creación consiste en ocasiones en agavillar apuntes que serán un poema esbozado en noches a veces tranquilas (“De la noche tranquila”) o en un poema que será nuestra tabla de salvación contra el olvido (“Contra el olvido” e “Identidad perdida”), que fragua la masa anónima en medio de la cual brota la voz del poeta (“Imitando al olvido”).
 
Descubro en La semilla del óxido algunas recurrencias muy gratas con las que sintonizo cordialmente. La primera de ellas es la presencia inspiradora de la música, pasión que me une a García Herrera, en poemas que rinden homenaje a genios como el grupo America (“A horse with no name”), Phil Collins (“In the air tonight”) o Lou Reed (“Walk on the wild side”), y la segunda es la fuerza con la que se capta el misterio de la ciudad en “Los mares de la noche” y en “Urbanitas lex”, con el magnífico broche cierto y dolorido de sus versos finales: “No habrá ciudad/que no nos dé la vida/a fuerza de matarnos”.
 
(José Luis García Herrera)
 
El versículo, dominante en el poemario, se alterna excepcionalmente con la prosa poética en la sección “Los pasos desandados (Peralba de Trescastros)”, en la que el poeta despliega imágenes audaces y cargadas de sugerencias que me parecen especialmente brillantes en “Los espejos transparentes”. No puedo dejar de destacar la fuerza que adquieren a lo largo de todo el libro algunos versos de tono sentencioso y lapidario, cargados de una enorme lucidez: “El camino llega y te elige. Tu solo lo recorres/con la brújula ciega que gobierna el instinto” (“El peso de las huellas”); “La vida/es un teatro/donde los actores abandonan la escena/pero el telón/jamás/cae” (“A esta hora”); “La costumbre/es la virtud de los temerosos” (“Tributo al fracaso”); “La soledad/es un soliloquio de humo en busca de su dueño” (“La esencia de la vida”); “No hay descanso para la soledad” (“Frontera de la soledad”). Dejo para el final la vibrante secuencia “Todos somos del mismo lugar y de ninguna parte […] Todos somos del mismo lugar y somos forasteros […] Todos somos del mismo lugar. Todos mentimos”, que atraviesa el armazón de “Walk on the wild side”), y la tremenda sacudida que supone recordar que “no hay dolor/que sea más intenso que la vida” (“Sombra herida”).

Un poemario, en fin, cincelado con la honradez y la rotundidad propias de José Luis García Herrera y fiel a su esencia más pura, en el que sigue construyéndose una línea poética original y personalísima que, para bien de quienes disfrutamos de su obra y de su afecto, aún tiene mucho que regalarnos.

lunes, 22 de enero de 2018

IDENTIDAD PROPIA, por Francisco Javier Díez de Revenga

El pasado 23 de diciembre, dentro del apartado que el diario La Opinión de Murcia dedica a los libros, el profesor Francisco Javier Díez de Revenga escribió este artículo sobre mi libro, La semilla del óxido.
 
Profesor Francisco Javier Díez de Revenga
                      
JOSE LUIS GARCÍA HERRERA (Esplugues, 1964) obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017 que ahora publica, bajo los auspicios de la Fundación del poeta en Orihuela, la editorial Devenir, que dirige, en Madrid, el murciano Juan Pastor. Se trata, en efecto, de un libro excelente que corona la ya consolidada trayectoria de su autor, un poeta dotado de una gran capacidad expresiva, aunque este libro, tras esas enigmáticas semillas de óxido que figuran en el título del volumen, somete la existencia y su mundo, a una severa revisión que desarrolla a los largo de unos poemas admirablemente construidos.
   En ellos es posible advertir las inquietudes que el poeta quiere urgentemente transmitir a su lector, sin duda para entenderse también a sí mismo, porque uno de los motivos centrales del libro es la búsqueda de la propia identidad, hasta el punto de que uno de los poemas, uno de los mejores, se titula sucintamente D.N.I., y es muy cierto que cuando un poeta se decide a escribir un poema así, está volcándose en caliente sobre su propio libro para llegar a su lector con la inquietud de su propia identidad. Y en esa identidad confluyen muchos elementos que la enriquecen y que la multiplican, como son la propia memoria y los olvidos, la visión de la realidad descarnada de accidentes en su propia esencia, la revisión detenida del propio vivir, del transcurrir por las calles de una ciudad con ventanas cerradas y ventanas abiertas. El poeta es entonces como un nómada, y son varios los poemas en los que se alude a la inestabilidad del espacio y el constante transcurrir de los días, de un lugar a otros, como un nómada transitando por caminos, descubriendo huellas que son los símbolos del pasado.
 
José Luis García Herrera
 
   Una de las inquietudes del poeta es su propia escritura, que no podía faltar en un autor de tan alta categoría como García Herrera, aunque se crucen en esa escritura los días lejanos del óxido y la escarcha, y la rueda del destino no gire con suavidad debido también a su propio óxido. Escribir para el poeta es un acto de fe o un acta de fe como ya se anuncia en el primer poema, y en ese mundo privado y propio, con el poema, están sus libros que son vidas y existencias, que están ahí a diario para superar el regusto agrio del olvido y del fracaso. Interrogarse sobre sí mismo, contar lo que el propio poeta intenta ser es superar el olvido con la memoria y construir la búsqueda de la propia identidad sobre objeticos bien logrados en este libro poético tan complejo como ensimismado, dominado por un ansia inagotable de introspección.
   La vida, la muerte, el ayer y el futuro, la existencia misma con su constante transcurrir se convierten en los objetos de la meditación constante de un libro que también contiene la evidencia de la realidad de un mundo compartido y gozado, un mundo vivido en el que el poeta se encuentra sí mismo, aunque descubra que vive entre las sombras de cenizas espantadas. Es el reto que se ha marcado un libro de poesía que apuesta nada menos, como es evoca en uno de los mejores poemas, sobre la esencia de la vida, en el que concluye que llegará la tibia luz de la mañana y desearás que el día no termine nunca, que no te abandone la esencia de la vida.
 
La semilla del óxido
 
   Destaca en el volumen su potente lenguaje, un idioma creado para contener en cada palabra la intensidad de contenidos simbólicos cargados de significados plurales, mientas las metáforas ya lexicalizadas de la vida van enriqueciendo la frase contundente y altamente designativa. Poderosa palabra poética mantenida y cohesionada a lo largo de todo un libro marcando un estilo propio, un estilo personal donde cada nombre, cada adjetivo vitaliza el lexema contiguo y más próximo. La alta esencia simbólica e imaginativa de una lengua tan bien construida como la de este libro permite seguir confiando en que la poesía de hoy, alguna poesía de hoy, en español, sigue creando y prodigando lengua, ennobleciendo y sublimando nuestro común instrumento de comunicación. Cualidad rara la de este es libro en este terreno que debe ser destacada. Como especial es también su extenso verso, de base alejandrina, que se distiende a lo largo de los poemas del libro con cohesión admirable y fluye con serenidad poema a poema hasta llegar a convertirse, ya en la penúltima sección del volumen, en unos excelentes poemas en prosa, expresivos y dotados de notable intensidad lírica, que en nada disienten del resto de los poemas de La semilla del óxido.

domingo, 14 de enero de 2018

HOTEL PENUMBRA, de Juan José Cuenca López

El poeta motrileño Juan José Cuenca López (1971) ha publicado recientemente, Hotel Penumbra, en la editorial Nazarí. Juan José, además de poeta, es narrador, dramaturgo, actor, bloguero y dinamizador cultural. Con anterioridad ha publicado los siguientes libros: Lluvia en los zapatos, La agonía de la pavesa, La mirada fingida, Cometa blanca sobre mar azul e Hijos de nadie.
 
                 (Juan José Cuenca y portada de Hotel Penumbra)
 
El libro viene acompañado de unas palabras preliminares, de unas reflexiones (bien traídas al libro, de gran calado y hondura) del escritor Francisco García Morón. A destacar las palabras (que ya han sido resaltadas en la contraportada del libro) que muestran algunas de las claves del libro: "En este poemario, tan autobiográfico como el resto de su poesía, Juan José Cuenca nos propone una voz poética interiorizada y distinta, aunque parezca la de siempre, porque a lo lago de nuestra vida, como forma falsa de identidad permanente, creemos ser los mismo de siempre." Y coincido plenamente con estas sabias palabras. Aunque parezca la misma de siempre, la voz de Juan José Cuenca está en pleno proceso de cambio, de mudanza hacia nuevas etapas o compromisos vitales. Rasgos, los de la mudanza, los del cambio, que son muy patentes en una gran parte de los poemas del libro.
 
El poemario consta de 70 poemas que se suceden sin interrupción, sin que estén agrupados en varias partes. Esta continuidad, este camino sin pausa, ya nos da una idea de trayectoria sin etapas, de determinación hacia un lugar fijado en el horizonte. Y, según vamos leyendo, tenemos cada vez más la certeza que este Hotel Penumbra no es un lugar físico, un lugar de permanencia. Es un lugar de tránsito, como la vida. En el fondo, este hotel es la vida, la ciudad, las calles que nos acogen y nos zarandean con la verdad de la miseria o la mentira de la eterna belleza.
 
El primer poema "La ciudad primaria" ya nos conduce hacia esa idea de cambio, de cambio en ambos sentidos, en el físico ("Pero es otra ciudad. Con otros rostros y otros sueños. /Lo sé. Lo Presiento.") y en el espiritual ("Busco donde quedarme un momento, saboreando/cada haz gélido de esta tierra desconocida.") Y, aunque el siguiente poema se titula "Llegada", se tiene siempre la impresión de que, como en un hotel, somos huéspedes, gente de paso, que nuestro momento es temporal, que esa "llegada" es tan sólo un paréntesis dentro del viaje.
 
Por otro lado, en esta aventura de vivir y de cruzar el largo pasillo de la vida (donde dan todas las puertas que se abren y se cierran) el poeta se embarca en la búsqueda de sí mismo, la búsqueda de las personas que viven en él y, también, la presencia de las personas amadas; más concretamente, la mujer amada a la que se aferra, en la que se sostiene, para no caer derrotado, para no fracasar en esta lucha constante por dar consigo mismo, por ser fiel al cuerpo que le habita y su destino.
En ese pasillo (en el deambular por la vida y sus calles) ha aprendido que todo ocupa su lugar y que, como transito hacia el olvido:
"El pasillo permanece mudo de luces y señas.
A él me encomiendo, para retrasar mi destino."

Y como siempre, el amor aparece como tabla de salvación. Un amor que necesita del contacto, del roce, de la pasión; que nace desde el deseo de posesión, desde "tu grito callado rezumando lascivia". Dos personas que se sienten "abandonadas y huérfanas y hambrientas/ pidiendo sitio a la carne." Un amor que, como todos los que se cultivan bajo la presión de la pasión, se escriben a fuerza de encuentros y desencuentros.
 
Hotel Penumbra está escrito con un lenguaje, en ocasiones, descarnado y lejano de esperanza, con imágenes de tremenda fuerza expresiva: "atesorando gritos en monedas de hojalata", "El café hierve proclamando/ burbuja en grito su amargura"; y con versos de una exigencia expresiva que requieren del lector una lectura atenta, minuciosa, para que nada escape de ese torrente pasional, entregado, que cruzan los poemas de Juan José Cuenca.

Como muy bien indica el profesor García Morón en las Palabras Preliminares del libro: "este poemario está escrito en una etapa vital del poeta en estado de vuelta en la vida... es natural que sea su poemario más pesimista: una etapa vital en la que se resienten o destruyen vínculos de amistad y de amor, de creencias individuales y colectivas que ya no son tan firmes o que ya no existen..."
Pero ese pesimismo, en el fondo, es la razón por la que el poeta emprende ese viaje metafórico a otra esa ciudad que, siendo la misma, necesita ser distinta. A esa necesidad que tiene el poeta de cambiar las claves de su existencia y de sus creencias. En ese viaje, en esa llegada al Hotel Penumbra, reside la esperanza del poeta, la prolongación de ese camino que es la vida. Pues como rezan los dos últimos versos del libro:
 
"Soy un jinete sin montura ni bridas.
No hay otro misterio." 

jueves, 11 de enero de 2018

Sobre LA SEMILLA DEL ÓXIDO, de José Luis García Herrera

La semilla del óxido, de José Luis García Herrera, Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017, ofrece una poesía torrencial, profusa en imágenes. Por el escritor y articulista Javier Puig. Reseña extraída del diario digital Mundodiario.

La semilla del óxido, de José Luis García Herrera, Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017, y publicado por Devenir, nos ofrece una poesía torrencial, profusa en imágenes que, sin espacios vacíos, con apenas pequeños detenimientos, sostienen lo inexplicable, barruntan lo que no se puede postergar, la incidencia del yo, el pronunciamiento biográfico. Sus poemas están concebidos desde la irrupción en “el tiempo lento de las confesiones.” O no tan lento, porque los poemas avanzan con fluidez, pletóricos de palabras, desde una aparente facilidad que no es precipitación sino la honestidad de atender el sentimiento más acuciante y consolidado. Transitan a través de sus versos palabras clave como: óxido, cristal, hielo, memoria, muerte, lluvia, olvido, fracaso, agua...



Estamos ante un viaje que da como resultado la composición de amplias representaciones de lo que aún se ha sido, mapas que no nos indican los espacios sino las solicitudes del tiempo: “En esos momentos de luz interior/ escribo varias notas desordenadas:/ mínimos apuntes/ surgidos de la emoción del instante.” Es el recorrido largamente introspectivo: “Conozco mis limitaciones, mis heridas, mis derrotas.” Y es que hay una preponderancia absoluta del yo que busca el nítido reflejo en la sucesión de unos versos obstinados, un continuo juego en torno a la propia identidad, un enfrentamiento con los sucesivos motores del ser, a veces confusos para el hombre vehemente: “Perdí la vida buscando a aquel que no fui.”

Nos encontramos ante una poesía testimonial, el autorretrato de unos precedentes que se arrastran. Se trata de consignar los acumulativos resultados del ser a través del repaso de actos que a veces fueron fundacionales. ”Solo sé que anhelo conocerme a mí mismo”, y  todo este poemario es un ejercicio de acercamiento a la consecución de esa meta. Aunque pueden ser muy duras las miradas hacia las imágenes retrospectivas y su postrera valoración: “Me he equivocado demasiadas veces”. La vuelta al suceso interior a veces es amarga: “Regresar a la noche de ayer es tributo al fracaso”.  El poeta vive “ebrio de temor y dudas”, “con los pies en los gélidos eriales de la nada/ al borde las oscuras aguas del fracaso”. La idea es asumir la tal vez necesaria existencia de la derrota: “Construyo mi derrota, con esfuerzo,/ y copio mi soledad en todas las horas que perdí.”

Esta poesía no está exenta de la contradicción resultante de estar muy viva. Así, cuando habla de sí misma, de su propia pertinencia. A veces, el logro de los versos es insuficiente agarradero: “En el naufragio me sujeté al mástil roto de la poesía”. Pero, en Contra el olvido se dice: “El tiempo nos vencerá, sí; pero este poema/ quizá nos reviva en la llama de otros labios.” Pero ese instante supremo es fugaz: “…Las falsas/ ilusiones de un poema que explicará la vida…Pero las palabras no me salvarán. Nadie me salvará.”

Y es que: “Escribir – en cierto modo, /es esa necesidad de acercarnos al dolor-/ abre heridas invisibles / que intentamos cerrar  con esas palabras / que jamás dan la exacta medida / de lo que deseamos expresar.” Alguna rara vez uno puede descansar en la conclusión, aunque esta sea tan ambivalente: “Al fin, soy nada más que alma en pena/ con tiempo hipotecado, deudor/ de un amor de mujer que no merezco,/ afortunado aprendiz de poeta/ que halló la felicidad haciendo lo que más quería: / amar, ser amado y escribir.” Pero lo habitual es poder alcanzar tan solo piezas aisladas, esparcidas por la inmensidad mayoritariamente cerrada a una comprensión definitiva. Y, mientras tanto, auparse un poco, aunque sea desde la digna reclinación de una “voz quebrada / por los días lejanos del óxido y la escarcha.” Porque: “La vida no es un refugio para la subsistencia; que el tiempo / no es la suma de vacíos, perdones y derrotas.”

La semilla del óxido es poesía intensa, rica en imágenes de una contundencia y una belleza muy logradas: “Fui fragmento del sol /sobre el hielo de los anocheceres”. Nunca se acerca a lo prosaico sino que se mantiene en un lenguaje claramente ceñido a un lirismo lúcidamente propiciado. Estamos ante una valiente indagación del propio ser a través de la tenaz búsqueda de la palabra que marca las sendas tenues donde cabe la ardiente evidencia, la íntima extrañeza y los finos sesgos de la claridad: “Sabré que estuve ahí, que ahí me detuve/ que un poema dio sentido a mi vida, que aprendí / el lenguaje de los océanos y la razón oscura / que viste de azul el horizonte de la brújula.” José Luis García Herrera demuestra oficio e inspiración, lo que deviene en un poemario en el que menudean excelentes destellos poéticos. 

viernes, 29 de diciembre de 2017

ATÓPICA, de Álvaro Giménez García

El poemario ATÓPICA, del poeta alicantino Álvaro Giménez García, se alzó con el premio del XXXII Certamen Poético "Ángel Martínez Baigorri" en su edición del año 2015. Editado por el ayuntamiento de Lodosa al año siguiente, tuvo como miembros del jurado a Consuelo Allué, Marina Aoiz, Alfonso Pascal Ros y José Ortega. Quizá no fuera preciso mencionar al jurado (que creo que sí) pero en esta ocasión quisiera mencionarlo que conozco personalmente a Marina y a Alfonso, y conozco su valía como personas y como poetas. Y, más aún, su rigor crítico a la hora de evaluar tanto la poesía ajena como la propia.



Entrando a valorar los aspectos más importantes e interesantes de Atópica, habría que empezar por el subtítulo del mismo: (Versos atópicos para tema y personajes atópicos). Estamos pues, con  título y subtítulo, ante una apuesta muy clara de intenciones. Esto es, abordar temas tópicos de la cotidianidad y la literatura, desde la fina ironía, desde una mirada humorística y desde una postura crítica y escéptica ante situaciones que rozan, en ocasiones, el territorio del absurdo.
Poesía escrita con un lenguaje actual, fresco y dinámico; sin más pretensiones (que tampoco se pretenden) que la de abordar y replantear tópicos de una manera, como el autor nos propone, de manera atópica.

El libro está dividido en tres partes y un epílogo: Atopoi, Ab hominum rebus y Ab poetarum rebus.
En la primera se tratan temas más diversos o dispares, mientras que la segunda parte incide en temas relacionados con el hombre y la masculinidad (A destacar el poema "Es cosa de hombres..." como ejemplo de los personajes típicos y tópicos); y sobre los poetas y la poesía en la tercera de las partes.

La cita inicial del libro, de Julia Otxoa"El secreto de la poesía / pertenece más al náufrago que al navegante", ya nos propone o nos anticipa la intención del poeta. Esto es, la poesía no es gobernable y sólo tienen acceso a ella los que más la necesitan. Luego, que nadie se jacte de dominarla, pues caerán en el tópico de esos poetas que hablan sin decir nada y de los que debemos alejarnos sin miedo
"porque,
aunque ellos no heredarán la tierra,
ni ganarán el cielo,
a ti,
si los escuchas,
sí te condenarán al infierno." 

                                (Álvaro Giménez García)


Amén de los poetas que aniquilan la poesía y debemos evitar a toda costa, Álvaro Giménez también aborda temas como el de la vanidad y la fama, los clichés del cine, la vida retirada en insulsos anonimatos, las amas de casa que viven más tiempo fuera de casa que en ella, los economistas como gurús de este inicio de siglo, las relaciones entre hombres y mujeres...
A destacar, entre los temas, los relacionados con la poesía, con los poetas, con los hombres y, naturalmente, con las mujeres. Si en el poema aludido, "Esos poetas que hablan...", se crítica irónicamente a esos poetas que se creen dueños de las palabras y del lenguaje hasta agotarlo, en el poema "Vanitas vanitatum" ahonda en esa vanidad que poseemos la inmensa mayoría de los poetas de ser reconocidos y premiados, primando en ocasiones más el deseo de ser premiado que el propio premio de escribir poesía. O, como en "Revisión del "Locus amoenus" de la playa de mi memoria", el exceso que sufrimos los poetas por idealizar la infancia hasta límites extremos:
"Son muchos los poetas
que se llenan la boca y manchan los folios
con el eterno retorno a una infancia dorada."

En cuanto al mundo de las mujeres, y a su conocimiento sobre el pensamiento masculino, el poema "Diagnóstico preciso del alma masculina" es un espléndido poema y un manual antológico de la típica clasificación del arquetipo masculino y de la manera que tienen las mujeres de conocernos, ubicarnos y manejar la situación. Y en el poema "Las mujeres y las letras" el poeta reconoce, como lo hacemos la gran mayoría que, pese a nuestra constante difusión de nuestro amor por las letras, las mujeres lograrán siempre estar por encima de esa pasión. 
"En ello, pongo todo mi empeño,
a sabiendas de que
si bien las letras me acompañarán siempre,
no habrá ni una sola que pueda reemplazar
el luminoso y homérico roce de una piel
que cualquier mujer haya podido regalarme nunca."

En el prólogo del libro Luisa Pastor habla sobre el escepticismo en la mirada del poeta de hoy (en palabras de la poeta polaca Wislava Szymborska) y enlaza la poesía de ambos porque "les une la ironía, el humor, la sorpresa ante un mundo complejo del que los poetas como ellos dan cuenta con asombrosa sencillez y desparpajo. Sus poéticas revelan, asimismo, la reivindicación de las cosas nimias y de la sonrisa." Coincido plenamente con estas palabras y esta opinión sobre la poesía de Álvaro Giménez García. Aunque, entre ironía y sonrisa, en ocasiones se revelan verdades y miserias que se enmascaran o se eluden. Como ocurre en Atópica.